Debemos proteger los océanos y a los animales que los habitan

La sobrepesca, los vertidos, la contaminación, los plásticos… Están acabando con la vida oceánica y debemos impedirlo.

Los océanos son imprescindibles para la vida en la Tierra. El 70% de la superficie terrestre está cubierta de agua y se estima que entre el 50 y el 80% de toda la vida del planeta es acuática. Además, las inmensas masas de agua producen gran parte del oxígeno que respiramos gracias al fitoplancton marino y las algas, y mitigan el calentamiento global. En resumen: dependemos de los océanos.

Sin embargo, los estamos destruyendo. No solo a través de la contaminación y los plásticos que ya crean gigantes islas en los remolinos oceánicos, sino con la sobrepesca y explotación a las que sometemos nuestras aguas.

La FAO advierte que el 87% de las reservas de peces del mundo están sobreexplotadas parcial o totalmente, con un descenso del 90% en un tercio de las especies consumidas por el ser humano. Los expertos alertan de que, a este ritmo, podríamos tener océanos sin peces para el año 2048.

Nuestro consumo daña los océanos

Estamos consumiendo los recursos marítimos a mucha más velocidad de lo que tardan en recuperarse, condenando a la vida de los océanos a desaparecer. Por ejemplo, cada año, 50 millones de tiburones son capturados accidentalmente por las redes de pesca y mueren en ellas. También se estima que unos 650.000 mamíferos pierden la vida en estas mismas redes por captura inintencionada.

Pero esto no es exclusivo de los métodos más lesivos de pesca, como las redes de arrastre que destrozan el fondo marino y se llevan a todo animal por delante. La pesca con palangre, un modo artesanal que consiste en emplear una «línea madre» de la que salen cientos o incluso miles de anzuelos, se presupone selectivo y sostenible. Sin embargo, estas líneas pueden llegar a medir 100 km de largo e infinidad de animales pican esos anzuelos y pierden la vida intentando huir desesperados.

No existe la pesca no lesiva

Toda esta muerte y sufrimiento tiene el único fin de conseguir peces para el consumo. Muchas personas creen que comiendo peces de piscifactoría alivian la presión a los ecosistemas marítimos. No obstante, un tercio de todo lo que se pesca se destina a la alimentación de los peces de piscifactorías y a otros animales explotados en las granjas. No hay manera de comer peces que no dañe el entorno.

La pesca no solo vacía los océanos, sino que el 70% de los macroplásticos que lo contaminan provienen de redes y demás aparejos vinculados a esta industria.

Los mares y océanos se están vaciando de vida y llenando de basura por culpa de la actividad humana, pero pasa inadvertido porque nos resulta inasumible y lejano. Durante décadas las aguas han sido despensa y vertedero, inmensas extensiones de profundidad abisal, inagotables e inabarcables. Pues lo estamos logrando, estamos extenuando el mayor recurso y ecosistema del planeta a base de irresponsabilidad, sobreexplotación y falta de cuidado.

En 2008 el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente reportó 405 «zonas muertas» en los océanos. Se trata de lugares en los que los niveles de oxígeno son tan bajos debido a la cantidad de polución provocada por la actividad humana que nada puede sobrevivir en ellos. A finales de 2019, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza concluyó que las zonas muertas habían ascendido hasta rozar las 700.

Debemos replantear nuestro consumo y todo el sistema y poner el bienestar de los océanos y los animales por encima del puro interés económico. Si los mares colapsan, colapsará todo el sistema y nosotros y nosotras con él.

Comenta:

Cargando comentarios...
?>