Infiltradas en el campeonato nacional de tiro al pichón

Relato de lo acontecido en el campeonato nacional de tiro al pichón, celebrado en Sevilla el 10 de abril de 2016.
PACMA lucha por la prohibición de esta cruel actividad

campeonato tiro al pichon

Dos activistas de la Asociación Ecourbe se infiltraron en el campeonato nacional de tiro al pichón, para documentar lo que allí ocurre. Tardarán en olvidar lo que vieron.
Mientras investigaban, fueron descubiertas y acosadas por los organizadores. Este es el relato, las fotos y vídeos de lo ocurrido.

Los primeros dos disparos te encojen el corazón, no solo por el estruendo del ruido, sino porque sabes que el objetivo del disparo es una pobre paloma que salió de las jaulas en las que las mantienen hacinadas para volar por última vez.

Te sorprende como la gente dispara y contempla la masacre como quién ve la tele, con una parsimonia increíble, mientras en la pista, un pichón acaba de ser disparado y da saltos de agonía. “Buen tiro”, se escucha alguien por detrás, “le has roto el ala” dice otro, “hoy nos espera una buena escabechina”, comenta alguien refiriéndose a las miles de palomas que se esperan tirar en este último día, con el que se corona un campeonato que ha durado cuatro jornadas. No hay mucha gente en las instalaciones, desde luego no es esa la afluencia de gente que se espera encontrar en lo que se supone que es una final. Abundan los extranjeros, gente de fuera que viene a practicar este “deporte” a España, paraíso del maltrato animal, ya que en sus países está prohibido. A pesar de que hay espectadores de todas las edades, los tiradores son en su mayoría hombres mayores, por no decir ancianos. El ambiente machista y embrutecido se respira por los cuatro costados.

Como se desarrolla el campeonato

Hay seis pistas de tiro y en todas ellas hay hombres tirando. En cada pista de tiro hay 5 cajones separados y en cada uno de ellos hay una paloma. Entonces se abre uno de los cajones y el escopetero tiene dos disparos para darle a la paloma que sale lanzada con aire a propulsión, deslumbrada y asustada.

Puedo contar las veces que el escopetero mata a la paloma, ya que en casi todas las tiradas el ave queda malherida y agonizante en el suelo. Podía ver como temblaba o daba saltos intentando huir.

Entonces dos mozos salían del lateral de la pista; uno portaba una nueva paloma para meter en el cajón de la muerte y reemplazar la que acababa de ser disparada, y otro recogía de malas maneras al ave muerta o herida. A veces corría detrás de la paloma caída y le pisaba un ala cuando la alcanzaba, para recogerla y llevarla colgada boca abajo mientras el ave aleteaba intentando salvarse.

No importa que esté muerta, viva o moribunda, todas las palomas disparadas iban a una sala al lateral de la pista cuyo interior era imposible de ver para el público, pero donde por el gesto que hacían, las iban apilando en el suelo.

También había palomas que eran disparadas pero conseguían, en un último esfuerzo, superar la valla de medio metro que rodea la pista y caer en el campo de atrás. Allí es donde quedan los olvidados. El personal del club de tiro no recoge esas aves, a las cuales les pasan los días en agonía hasta que la muerte decide ir por ellas.

Lo que no quieren que veas

Ver el grotesco espectáculo te hace pensar que hay algo aún más grotesco detrás, lo que queda cuando esas personas desalmadas terminan con su vicio de matar: cientos de moribundos y miles de cadáveres, normalmente juntos en bolsas de basura. En ese punto es cuando me di cuenta que a lo lejos había 5 contenedores puestos en fila. Me dirigí a ellos y los abrí uno por uno. Todos estaban vacíos menos unos que tenía una bolsa negra llena de palomas, eran los pichones que habían disparado la primera hora de juego. Los otros 4 contenedores aún esperaban llenarse a lo largo de la mañana.

pichones en la basura

Mi compañera y yo sacamos la cámara para hacer una foto, y entonces dos hombres se acercaron y nos preguntaron qué estábamos mirando y qué a dónde íbamos. Claro, dos hombres, frente a dos mujeres, cómo no van a ser ellos machitos. Les dijimos que simplemente teníamos curiosidad, y cuando empezamos a andar nos cortaron el paso y nos quisieron hacer ir detrás del edificio con amenazas, “no vais a ir a ningún lado hasta que no borréis las fotos, ahora mismo voy a llamar para que cierren la cancela y no podías salir”. Sin hacer caso aligeramos el paso y llegamos a la zona de los espectadores donde uno de los hombres no se separaba, pero ya no estaba en actitud violenta pues estábamos rodeados de más gente. Ahí se unió un tercero, que nos invitó a irnos mientras decía que eso era propiedad privada y que ellos decidían quien entraba y quién salía.

Un mañana muy dura, viendo animales morir por divertimento de un puñado de sádicos, arcaicos y retrógrados. Machismo, violencia, muerte, son los ingredientes de esta actividad. Sólo si al final esto sirve para que la gente se entere de que este mal llamado deporte se practica, para que entre todos aunemos fuerzas para erradicarlo, para mover corazones y cambiar conciencias, solo entonces habrá merecido la pena.

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