Que no te engañen, toda la ganadería implica sufrimiento animal

Mostramos la realidad de la industria ganadera gracias al testimonio de un profesional veterinario con una larga experiencia en el sector.

El debate político y social sobre las macrogranjas es un tema de máxima actualidad, pero solo se está abarcando a nivel medioambiental. No podemos olvidar que el fin de todos los animales explotados en granjas es el matadero, no importa si provienen de la ganadería extensiva o intensiva. Simplemente, es incompatible con el bienestar animal.

Este texto es largo, pero creemos que es necesario para reflexionar sobre el padecimiento de los animales explotados por la ganadería, independientemente de su etiqueta de extensiva o intensiva. También nos aporta datos verídicos y la experiencia de un profesional de la veterinaria para poder enfrentarnos a los bulos que corren en redes sociales, medios de comunicación y el ámbito político.

Datos relevantes sobre la ganadería en España

En mayo de 2021, la cabaña porcina española sumaba 32.406.701 animales, según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, y en 2020, en los mataderos españoles se sacrificó a 56 millones de cerdos. El censo bovino en mayo de 2021 alcanzaba los 6.922.951 animales y en 2020 se sacrificaron 2.422.405 reses para producción cárnica. A diciembre de 2021, el censo de vacuno lechero era de 813.912 vacas, que también acaban en el matadero cuando dejan de ser productivas, al igual que sus terneros, vendidos como producto cárnico para poder sacar beneficios de la leche. Según el Ministerio, en 2020 se sacrificaron un total de 800.616.000 aves para el consumo.

España está inmiscuida en un proceso de industrialización de la ganadería sin control. En 1999 había registradas 218.110 explotaciones ganaderas, mientras que en 2020 la cifra descendía a 87.540; pero matan a 15 millones de cerdos más en los mataderos españoles. Más del 95% de la carne de cerdo consumida en España proviene de sistemas de cría intensiva. Estos animales sufren grandes niveles de estrés, sobre todo derivado del hacinamiento y las altas densidades, especialmente en la ganadería porcina y avícola. «La legislación permite que cerdos de 100 kilos dispongan tan solo de 0,65 m2 por animal en el cebadero, provocando un alto nivel de estrés que deriva en canibalismo, como mordeduras en orejas y rabos, que, a parte de las heridas, pueden infectarse y provocar abscesos internos y otras lesiones. En gallinas y pollos se produce picaje, se arrancan las plumas entre ellas por el estrés. Estas situaciones lesivas para los animales se podrían reducir aportando más espacio para los animales, pero eso sería costoso, así que se realizan prácticas como el corte de rabos, el limado de colmillos o el corte de picos para evitarlo, mutilaciones realizadas en muchas ocasiones por personal no cualificado», declara Alfonso Senovilla, profesional veterinario.

«Otra de las consecuencias del hacinamiento de las granjas industriales es la facilidad de contagio de enfermedades víricas o bacterianas. Es muy frecuente, sobre todo en las explotaciones de porcino de cebo de capa blanca, encontrar lotes enteros que van al matadero con procesos neumónicos muy severos por culpa de microorganismos que, debido a la alta densidad, provocan contagios masivos en los animales. A pesar de que esos pulmones se decomisan, no van a consumo, no suponen una pérdida económica muy grave para los ganaderos, ya que resulta más rentable asumir esas pérdidas que mejorar las condiciones de los animales para disminuir esas patologías. Hay que recordar que diversos estudios demuestran lo tremendamente dolorosas que son las neumonías para los animales que las padecen», añade Senovilla. «También es habitual la presencia de algunos animales con artritis, abscesos o hernias abdominales o inguinales, en ocasiones del tamaño de un balón de fútbol, consecuencia de las condiciones de estas explotaciones. La causa de algunas de estas patologías es la selección genética, en la que prima la ganancia de peso en el menor tiempo posible para obtener más beneficio de la carne a expensas de la salud del animal, explotando razas menos resistentes a enfermedades y más propensas a tener problemas locomotores o cardiacos».

Prácticas legales e ilegales en la industria ganadera

En cuanto a las prácticas habituales en la industria ganadera, se debe diferenciar entre las legales e ilegales. La legislación permite prácticas como la castración de cerdos macho menores de 7 días sin anestesia, algo que contradice a la lógica veterinaria. El hacinamiento también está reconocido en la normativa, algo que también contraviene al consejo veterinario; así como la cría en jaula. En el caso de las gallinas ponedoras, la ley permite que cada ave tenga un espacio de 600 cm2, el tamaño de un folio, impidiendo el desarrollo de una conducta propia de su especie; ni siquiera pueden estirar las alas. En España, los huevos provenientes de gallinas enjauladas suponen el 77% del total consumido. Las cerdas reproductoras son encerradas en estructuras metálicas una semana antes del parto, donde permanecen cuatro semanas durante la fase de lactancia. El tamaño reducido de estas jaulas les impide girarse, solo pueden levantarse y tumbarse. Además, también son encerradas en jaulas individuales en la zona de gestación durante la época previa al celo. Una vez inseminadas, tras la cubrición, se mantienen 4 semanas más en esas estructuras metálicas. En resumen, como mínimo, estas cerdas pasan 20-25 semanas al año enjauladas, la mitad de su vida.

Otra práctica que permite la ley es la sobreexplotación de los animales. Una vaca lechera podría tener una esperanza de vida de 25 años, pero, debido a la sobreexplotación, es enviada al matadero a los 4-5 años, raquíticas, caquécticas, literalmente consumidas, ya que son obligadas a producir 40-50 litros de leche al día a la vez que están gestando un ternero en su interior. Básicamente, se consumen y son desechadas.

También hay numerosas prácticas que se alejan de la legalidad, pero son habituales en las explotaciones ganaderas. Un ejemplo es la castración de los cerdos ibéricos. Los de capa blanca se envían al matadero a los 5-6 meses, pero los ibéricos se sacrifican a los 12-14, por lo que se castran para evitar que las hormonas que se producen al llegar a la madurez sexual afecten al sabor de la carne y para lograr una mayor infiltración grasa. La castración sin anestesia después de los 7 días que reconoce la ley es una práctica muy extendida, así como la castración de las cerdas, prohibida de manera general incluso con anestesia, que se ejecuta realizando una incisión en el abdomen y extirpando los ovarios, en la mayoría de los casos sin ningún tipo de anestesia. Otra práctica ilegal habitual se relaciona con el manejo. Se permite el uso de picas eléctricas, dispositivos que administran descargas eléctricas, en vacuno y porcino de cebo, pero se limita a los cuartos traseros con descargas máximas de un segundo y siempre que haya espacio delante para avanzar. Sin embargo, es utilizada abusivamente, aplicándolo a la zona genital o facial, sobre todo en el transporte en los momentos de carga y descarga y durante el manejo en granjas y mataderos, dejando marcas visibles en su piel.

Cuando un animal está herido en una explotación, debe ser aislado y tratado adecuadamente. Sin embargo, las imágenes de animales moribundos o cadáveres con los animales sanos son abundantes y una prueba más del maltrato que sufren los animales en las granjas. Si un animal está gravemente lesionado o enfermo y sufriendo, debe ser eutanasiado en la explotación, pero muchos ganaderos intentan que llegue al matadero para no perder el beneficio económico, alargando su sufrimiento e incumpliendo la legalidad de la tenencia en explotación ganadera y de transporte de animales vivos. «El único motivo por el que un ganadero mantiene en una explotación a un animal con una lesión incurable como algunos cerdos con abscesos, artritis o hernias de gran tamaño es para introducirlos en la cadena alimentaria, a pesar de que estos animales no debería ser transportados según la legislación que lo regula para evitar su sufrimiento. Una vez en el matadero, los inspectores veterinarios decidirán si procede realizar un decomiso total del mismo o parcial, entrando el resto de la canal en la cadena de consumo», especifica Senovilla.

El transporte de animales de granja

Tanto los animales explotados por la ganadería intensiva como extensiva son trasladados al matadero en los mismos vehículos, cuestionablemente amparados por la misma normativa. Dependiendo de la época del año, las condiciones de estos viajes varían. En verano y en invierno, los animales están expuestos a temperaturas extremas, agravadas por el hacinamiento en los camiones. El cumplimiento de las paradas reglamentarias para la persona conductora provoca que los animales se queden estacionados durante todavía más horas, agravando su sufrimiento.

Sin embargo, según Alfonso Senovilla, el momento de mayor estrés y malestar es el de la carga y descarga. «Es muy complicado hacer subir a 200 cerdos aterrorizados a un camión. Para ello se utilizan habitualmente picas eléctricas, forzando el avance de los animales a través de descargas. En ocasiones se utiliza de manera ilegal, aplicando la misma en zonas especialmente sensibles o sobre animales sin espacio para avanzar. El Reglamento Europeo 1/2005, que regula este tipo de transportes, permite viajes excesivamente prolongados, en el caso de los cerdos, por ejemplo, pueden permanecer hasta 24 horas sin bajarse del camión, esta situación es inaceptable. Todavía es más grave el transporte en barcos, que, como hemos podido comprobar con los casos de los buques Karim Allah y Elbeik, se puede demorar por problemas administrativos o sanitarios y obligar a los animales a pasar semanas a la espera de un puerto donde desembarcar, mientras las administraciones se desentienden de la situación de los animales encerrados«.

La inacción de las administraciones

La industria ganadera goza del apoyo de las administraciones, garantizando un hermetismo que impide dar a conocer a la sociedad la realidad que se esconde tras las granjas y mataderos, de donde provienen los productos de origen animal que se consumen. Las inspecciones son muy limitadas e insuficientes, entre un 3 y un 5% de las explotaciones, las prácticas escapan de todo control administrativo, las peticiones de documentación son negadas sistemáticamente y se invierten cientos de miles de euros públicos, estatales y europeos, en campañas de marketing para transmitir una falsa imagen de la ganadería.

El impacto ambiental de la ganadería cuenta con un respaldo científico amplísimo, así como la repercusión negativa para la salud del consumo de carne y otros productos de origen animal. Estos dos puntos han copado el debate político y público sobre la ganadería en nuestro país, pero no se ha tocado en ningún momento el aspecto del bienestar de los animales en las explotaciones. «Los purines, los gases nocivos, la contaminación, los olores… que tanto preocupan a la población no solo afectan a las personas. Los animales que viven hacinados en las granjas, sin ver la luz del sol, lo sufren cada día y nadie habla de ello«.

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